Posteado por: Rosa | 11 abril, 2010

La Princesa y el Dragón

       

         Bajo un solio de blancas nubes de algodón, reposa su magnánima belleza, un majestuoso palacio de cristal donde el arco iris refleja su infinidad de tonalidades delicadas y etéreas.

        En su interior, hecho todo de luz y estrellas, mora Ariel, la princesita de los ojos garzos y cutis de azucena; de ademanes pausados y alma plácida y tierna que con sus delicadas manos, suaves como la seda, blancos vellones de lana va tejiendo, cual guirnaldas, en la rueca.

        Amplios velos la cubren, remarcando el brillo aureolado de su alba pureza, y los dorados rizos de su ondulada melena, a perderse van en su cintura cual cascada traviesa. Y en la intimidad de su alcoba, mientras gira y gira la rueca, Ariel, la bella princesita, sueña con un príncipe encantado que la ame y la proteja.

        Mas sus sueños dorados de paz y dicha eternas, veranse cruelmente amenazados por una eventualidad funesta. Pues en una oscura gruta, allá en lo profundo de la tierra, Noxius, el fiero dragón se despereza, y un nuevo período de horror verá asolar la tierra.

        Ya en el azul se recorta su figura siniestra; con inicuas intenciones, acecha a indefensas doncellas; ya nunca se sentirán seguras las sencillas gentes de la aldea.

        Y el malvado dragón se aprovecha de la ingenuidad de las jóvenes, de su candor e inocencia, utilizando malas artes, abusando de su fuerza, para imponerse sobre el débil, porque ante todo es tirano y déspota.

        Mas la ignorancia de las gentes las lleva a erradas enmiendas, ofreciendo al dragón sacrificios, y así acallar sus ansias, su voracidad perversa;  para que no arrase sus campos y destruya sus cosechas con el iracundo fuego que brota de su boca infecta.

        Y comienzan a tramar sus planes, buscando a la más bella doncella de entre todos los parajes la más pura, la más buena, para ofrecerla en sacrificio a Noxius y así salvaguardar la aldea. La mente de alguno se posa en Ariel, la princesita bella, y al palacio se dirigen con intención malévola.

        Cuando ella les recibe, sin sospechar su intención aviesa, sobre ella se avalanzan tomándola por sorpresa. Y por  más que suplica, grita y patalea, nadie acude a su llamado y en un carro se la llevan.

        Y he aquí que al borde de un acantilado, atada a un poste de madera; con su boca enmudecida, con grilletes sus muñecas, se halla la dulce princesita de alma plácida y tierna. Con su cuerpo trémulo de frío e ignorante de la fatal acechanza que pesa sobre ella, su mente y su pensamiento con premura se orientan hacia remotos parajes de verdes y floreadas praderas, donde una lejana figura en el horizonte se muestra. Es Iustus, el fiel caballero amado de la princesa.

        Su porte es erguido, de noble cabeza, frente anchurosa y sonrisa perpetua. Su escudo de diamante resplandece en la dehesa, y su figura arrogante viste cota de malla de turquesas. Con su armadura de dúctil acero, cabalgando va seguro sobre su yegua.

        Mas Iustus siéntese molesto, una incierta inquietud lo aqueja; es el persistente llamado de su adorada princesa.

        –  ¡ Algo le ocurre a mi amada!, ¡ algo maligno la acecha!

         y veloz como el viento, cabalga en auxilio de su amada princesa.

        Mientras Noxius, el dragón, sobrevuela a su presa y sus fauces se abren con glotonería perversa.

        – ¡ Ya eres mía!, le dice, vivirás conmigo en mi caverna y harás lo que yo te ordene sin proferir una queja.

        – ¡ Ni lo sueñes, depravado animal,! pues mi salvador ya se acerca para darte tu merecido y así de una vez aprendas.

        – ¡ Ja, ja, ja!, me río yo de tu amado, ¿ es que pretendes comparar su fuerza a mi fuerza?, pues con una única llamarada lo convierto en ceniza muerta a merced del viento que todo lo aleja.

        La princesita temblaba de frío y de pena por la integridad de su amado en tan desigual contienda.

        Y nada mas despuntar el día, anunciando la aurora su eterna grandeza, se ve recortada en el horizonte la figura excelsa de Iustus, el caballero, con la espada inhiesta, pronto para la lucha y pertinaz en la defensa de la amada de su corazón, Ariel, la noble princesa.

        – ¡ Noxius, dragón maldito!, ¿ dónde es que te encuentras?, no huyas, cobarde, despavorido, sal y ven a mi presencia.

        – Aquí me tienes, temerario caballero, ¿ qué acontecer te subleva?; ¿ tánto te atrae la muerte que de esta forma me retas?.

        Y el dragón lanzaba incandescentes llamaradas por sus fauces abiertas, que el caballero eludía con pericia y destreza.

        – ¿ Aún no te das por vencido?. ¿ no ves que tu muerte se acerca?; ¿ por qué no te das por vencido y renuncias a la princesa?.

        – ¡ Ni lo sueñes, dragón insensato,! que el acero de mi espada te espera; un mandoble certero en la frente conseguirá humillar tu cabeza, para que jamás la malicia te tiente a molestar a jóvenes doncellas, vírgenes castas y puras que en el hogar sus amores vuelcan. Vuelve, dragón, sobre tus pasos a perderte en tu lóbrega caverna.

        – ¿ Pretendes, sesgando mi vida, ¡ oh, vana quimera!, acabar con el enraizamiento profundo de la maldad en la tierra?. ¡ Ingenuo e imberbe caballero!, ¿ acaso no sabes que mi saga es extensa?. Tus pretensiones me dan risa; otros vendrán tras de mí con más fuerza.

        – ¡ Estúpido e ignorante Noxius!, no me infravalore tu soberbia, pues procedo de nobilísima cuna y estirpe regia de valerosos hidalgos vencedores en múltiples contiendas.

        Y hablando así el caballero, aprovechando que el dragón estaba cerca, aséstale un mandoble certero que atravesó el corazón a la bestia. Y en el estertor de suprema agonía, con su cuerpo abatido en la tierra, el perverso Noxius maldecía y renegaba de su mala estrella, jurando vengarse algún día del caballero y la princesa.

        Sucumbió por fin el dragón, de muerte herido, cortándole Iustus su horrenda cabeza para mostrarla a las gentes, retornando así la paz a la aldea.

        Ya liberada de sus ataduras, libre al fin de una muerte cierta, la princesa se sonreía diciendo estas palabras certeras:

        – Ese dragón que mora en lo profundo de las conciencias; en su caverna encerrado, en silencio nos acecha; y al más mínimo descuido se libera, se subleva; y utilizando sus malas artes, su imaginación perversa, se impone sobre nosotros haciéndonos sus marionetas.

 


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