Posteado por: Rosa | 21 marzo, 2010

El Ruiseñor y la Estrella

 EL RUISEÑOR Y LA ESTRELLA

 

        Cantábale un ruiseñor al lucero vespertino que lo tenía prendado, ahogado en hondos suspiros. Ecos de arpa celestial eran los arpegios divinos de su trino inmortal, cual saetas de amor encendido.

        Brotaban de su corazón, cual sollozo contenido, bellas notas de cristal, que ascendiendo al infinito, íbanse raudas a posar en el dulce y tibio nimbo de su amada vesperina envuelta en resplandecientes tules de zafiro.

        Quedábase el ruiseñor cada noche así dormido desgranando su corazón todo el dulce contenido de su ánfora de oro colmada de rosas y lirios.

        La estrella velaba su sueño envolviéndolo en infinidad de retamas de tenue y lanceolado brillo, y el ruiseñor dormía apacible arrebujado en su cálido nido.

        Y cuando la aurora tejía sus irisados destellos en la linfa serena del río, abría el ruiseñor sus ojos al día asomando a ellos su alma de niño. Y al elevar la mirada al azul infinito, veía a su lucero del alba en cuyos divinos ojos aleteaba cupido como un mirlo blanco derramando su hechizo.

        Entonces de su alma, manantial de canciones, brotaban, cual tiernos quejidos, melodías y amores para el lucero amigo.

        Mas quiso un día el feroz destino que por el bosque de ensueño donde cantaba este trovador divino, pasaran unos cazadores procedentes del castillo cuyas redes lo envolvieron como un sudario frío. Lo llevaban a palacio y sus melancólicos gemidos, llegábanle punzantes al lucero querido, cual afilados estiletes clavándosele en lo más íntimo.

        En una jaula de oro al ruiseñor han metido cuyos barrotes refulgen con destellos diamantinos, mas al místico trovador parecen como tumba para un vivo. Ya no veía a su estrella amada, su vida era un sinsentido, y las horas transcurrían como en un devenir sombrío. Se apagó la luz de sus ojos, enmudeció el cascabel de su trino, y una profunda tristeza lo sumió en oscuro vacío.

        ¿ Qué le ocurrió a su estrella, a su lucero querido?; sucedió que lo buscaba y buscaba, y al no hallarlo en su nido, hendía la espesura del bosque con su fulgor opalino mas no encontraba ni rastro de su trovador divino.

        Y en esa suprema angustia, gestada en amor genuino, este incesante manantial de luz, como en polvo de oro bruñido, en un delirio de amor, de supremo sacrificio, dejose caer a la tierra y al fondo del mar ha descendido. Mas aunque sigue siendo estrella, su fulgor se ha oscurecido pues el mar la tiene presa en su suave manto de armiño.

        Sirenas y tritones que bullen por los arrecifes coralinos, entre bellísimas anémonas y líquenes de múltiple colorido; todo respira belleza en este universo marino. Mas nuestra estrella está inmersa en doloroso martirio; en sus ojos centellean las lágrimas y refulgen cual zafiros; es su corazón ascua de fuego que llora su amor perdido.

        Mientras, el ruiseñor agoniza allá, en el imponente castillo, le falta el aire, le falta la vida, le falta la luz de unos ojos divinos. Ya no brillan las estrellas en su cielo, tan sólo hay negrura en su alma de lirio.

        Y buscando este fiel trovador salir de estado tan sombrío, comenzó a entonar sus melodías que el viento guió a su destino y allá, en lo profundo del océano, llegaba como un eco paulatino:

        – mi amado lucero, luz de mis caminos, reo me veo en este umbroso castillo, e inmerso en una jaula de oro yace mi ser abatido. – ¿ Dónde se halla tu fulgor que ya no adivino?. 

        Y la tierna Vesperina, reconociendo de su trovador el dulce trino, refulge y centellea en mil resplandores divinos y como en alas de colibríes emerge del seno marino.

        Ligera como el rayo, veloz cual meteorito, en busca va de su amado, de su corazón, el elegido, y la radiante luz que emana de su sidéreo nimbo, penetrando va las sombras del inescrutable castillo.

        En silencio yace postrada el ave del paraíso apagado su canto de eurítmico trino; su corazón crepita con tenues latidos, lo envuelven las sombras cual manto cenizo.

        Mas sonriendo viene ya la aurora en su rutilante limbo, vestida de gloria, desnuda de olvido; en su frente porta su colosal designio:   la luz estremece por fín las sombras difusas del inexpugnable castillo.

Amada y amado nuevamente reunidos; entre nimbos de gloria caminan erguidos; laureada su frente de mirto y olivo, y su corazón perfumado de azahar y narciso.

        Los dioses, celosos, contemplan altivos las nupcias reales entre sagrados himnos; su canon interminable conmueve al infinito que ante la grandeza del Amor póstrase rendido.

        Porque para el Amor no hay distancia, ni duda, ni olvido, que separe a las almas de su real compromiso.

        Solloza la noche estrellada su piélago encendido; se abren los cielos, reniegan los abismos; volad, dulces trovadores, libres hacia vuestro destino; en la frente una estrella, en el corazón, un himno.    Haced oir vuestro canto, nítido y definido, entre los tristes durmientes que pueblan los lóbregos y sombríos castillos erigidos, piedra a piedra, por su letal egoísmo.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: